El Coloso

Foto: El Coloso Bicentenario

Autor: Luis Luna León

Hoy es un día lluvioso. Digno para un buen café y extrañando ese cigarro que ya no fumaré.

Me dirigí a la oficina como todos los días, deseándome el mejor de los éxitos.

Conversando y confiándole mi vida a mi copiloto de siempre, el que me acompaña en la mente y en mi corazón, ese Dios que me nutre de fuerza y de fe.

Al llegar a la oficina, hice lo que ya hago por rutina. Entré a las páginas de noticias. Si, lo acepto, es más fuerte que yo, y lo hago aún sabiendo que lo que leeré no es nada agradable.

Asesinatos, devastaciones, huracanes, afectados, muerte, crisis económica, crisis moral, narco, iglesia, pederastía, y un largo etcétera.

Pero hoy hubo algo que llamó mi curiosidad. Hay páginas que siguen en circulación en la red pero que hacen referencia a sucesos del ayer. Y si, esa nota me llamó la atención.

Era un escrito sobre “el coloso”. Si, ese muñeco armado para las fiestas del bicentenario en la ciudad de México en el año 2010.

El coloso. A quién también se le llamó “el hombre de hielo”. Al que compararon con Emiliano Zapata, al que le dijeron que tenía rasgos de Lenin. Que se parecía a Porfirio Díaz.

Y en la celebración del grito de Independencia en ese 2010, todas las miradas estaban en él. Y a la par de que se iba levantando del suelo hasta colocarlo de pie, los ojos de asombro nunca se hicieron esperar por parte de los que asistieron al evento oficial por parte del gobierno de México.

Y el Coloso causó admiración, embelesó, cautivó.

Ahí estaba, erguido ante los aplausos de la concurrencia. Y conforme ese muñeco caminaba en el vehículo que lo transportaba, la gente más se asombraba. Y es que ver esa figura tan grande, tan fuerte, tan impactante, era algo que quizá nadie se esperaba, pero terminaron por aceptarlo y aclamarlo.

Muchos lo criticaron hasta saciarse. En una esquina estaban aquellos gritos diciendo que se había invertido mucho dinero en él. Que su presencia generó millones de pesos en gastos innecesarios.

Pero en la esquina contraria, estaban otros que dijeron lo opuesto, que el coloso era lo que el pueblo necesitaba, un héroe anónimo que representara el caudillismo que corre por la sangre del mexicano que defiende su patria ante el extranjero que la amenaza.

Todo eso circuló a la par de su presencia.

Sin embargo hoy, a muchos años de distancia de ese suceso, cuando mis ojos se deslizaban por la nota periodística, mi mente reflexionaba y meditaba.

Y es que la nota menciona que ese gran Coloso, el tan aclamado, admirado y también criticado y vapuleado muñeco, ahora descansa amortajado y olvidado, en los patios del Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE), en el poniente de la ciudad de México. Ahí están los restos de ese muñeco construido para el bicentenario de la ciudad de México.

En el ayer aplaudido, hoy simplemente olvidado.

La figura se encuentra desarmada, tirada y cubierta con lonas blancas.

Sin embargo, eso no es lo que hoy me motiva a escribir.

Lo que hoy me mueve a estar sentado frente a un teclado, es la comparativa del “coloso” con muchos funcionarios públicos. El comparar a ambos es lo que hoy me impulsa a teclear.

Porque al igual que le sucedió al Coloso, así le sucederá a aquellos servidores públicos que se creen como tal, como colosos, que pierden el piso al que pertenecen.

Que hacen de los cargos públicos, la pasarela exacta para lucirse ante una ciudadanía que hoy le aplaude a todo aquello que se mueve, basada en la nobleza de su corazón y de su gente.

Funcionarios públicos que al igual que el coloso, se invierten millones de pesos en sí mismos, dinero hurtado y proveniente del pueblo.

Servidores públicos que gustan de los flashes y de las fotografías, esas que congelan imágenes, escenas y momentos que solo pertenecen a una simple actividad de su encargo gubernamental.

Funcionarios gubernamentales que al igual que el coloso, mañana, cuando se bajen del cargo en donde estuvieron y del cual robaron y lo saquearon, quedarán en el mismo lugar en el que depositaron al coloso.

Y estarán así, desarmados tirados y alejados. Pero ellos –los funcionarios- tapados con las lonas negras del misterio para que nadie sepa en donde están. Estarán huyendo.

Siempre he creído que la verdadera importancia de servir, no descansa en lo que uno pueda robar, en el número de fiestas que podamos organizar o el séquito de coches o de falsos amigos que uno pueda forjar.

Los cargos públicos deben de tener como filosofía elemental el cumplir con la encomienda gubernamental. Servir a una sociedad carente del apoyo y de la presencia de un gobierno en el que tiene puesta su fe y su esperanza.

Ser servidor público representa la oportunidad perfecta para llevar beneficios, la ocasión idónea para extender la mano en vez de empuñarla hacia un pueblo que hoy más que nunca, necesita de hombres y mujeres sensibles que los guíen en el camino del progreso y del desarrollo.

De tener a su lado a funcionarios que no se encierran para no atender a quienes lo eligieron. De hacer del servicio publico una religión. Porque el servir en el gobierno es como el campesino, que al labrar se labra a sí mismo.

De esos servidores públicos son los que México necesita.

La sociedad mexicana no necesita de “Colosos”. Y no hablo de esa figura representativa que fue usada en las fiestas del Bicentenario en México.

Me refiero a esos que se sienten colosos en los cargos públicos, los que olvidaron sus raíces, a su gente, a su propio pueblo.

Porque todo lo que sube tiende a bajar. Y nada me dará más tristeza que un día de estos, al caminar por una calle, me encuentre al servidor público aquél, el otrora encumbrado, ahora sin amigos, con esa soledad que está llena de muchos ruidos que no dicen nada.

Solo y amortajado por sus recuerdos, sentado en el velorio de su propio futuro y viendo pasar a un pueblo al que tuvo la oportunidad de servir, pero que nunca quiso hacerlo.