Buscando respuestas

Foto: Urdu News Official

Autor: Luis Luna León

Las 10 son a las 10. No concibo la puntualidad de algunos que llegan antes o después. Vaya, hasta con la muerte hay que ser así. Ni antes ni después (yo por eso me cuido para no llegar antes).

Entré a uno de los salones del hotel. Sin duda de los más lujosos de la ciudad. De inmediato, el aire acondicionado me hizo entrar en confort.

A pesar de que el cielo nublado estaba lagrimeando en la ciudad y el asfalto lucía húmedo, el ambiente no era fresco. Hacía calor.

Al entrar, pude darme cuenta que era un gran evento al que me habían invitado. Padres de familia, maestros, representantes oficiales de los funcionarios de gobierno, estudiantes, fotógrafos profesionales y también fotógrafos telefónicos.

Todos listos para captar la mejor toma, la mejor sonrisa, el momento preciso en el que alguno de los muchachos acudiera al estrado a recibir su premio.

Al fondo, las letras alusivas al evento. “Encuentro de Lectores y Escritores de Chiapas”. No pude evitar sentirme emocionado cuando mi vista recorrió el salón y pude darme cuenta que muchas personas a las que yo admiro por su manera de escribir estuvieran en ese evento. Grandes escritores chiapanecos estaban ya sentados ocupando un espacio.

De pronto, me llamaron.

A la distancia, una persona me indicaba que una silla estaba vacía y me dirigí a ella para ocupar mi lugar. El evento iba a iniciar.

En la mesa estuvieron sentados conmigo muchachos que tienen entre 13 y 14 años de edad. Todos ellos originarios de municipios indígenas de los altos de Chiapas.

Y como es mi costumbre, me dispuse a platicar con ellos. Además, para eso me habían invitado al evento.

La comunicación entre dos personas que no se conocen al principio siempre es poco fluida. Sin embargo, esta vez no fue así. Todo iba marchando bien. Los muchachos se dispusieron a hacerme muchas preguntas, todas ellas sobre la manera en la que escribo mis remedos de escritos.

Llegó mi turno de preguntar. Uno a uno les fui cuestionando sobre su familia, su escuela, sus materias. Pero al ver que todo caminaba bajo la normalidad, me dispuse a mover esquemas.

Me dirigí hacía el muchacho más callado del grupo. El que solo respondía con secos monosílabos. Observé que tenía los labios agrietados y deduje dos cosas: o tenía frio por el clima o estaba nervioso.

Israel lleva por nombre ese muchacho de mirada noble. Noté que sus zapatos eran nuevos. Perfectamente brillosos y sin ninguna grieta. Y para ser de una comunidad, era imposible que estuvieran tan perfectos. No pude evitar recordar cuando de niño mis padres me compraban “papos” para ir a un evento importante.

Y fue Israel al que le hice algunas preguntas:

– Israel, cuéntame…¿tienes internet a tu alcance?

– Si

– ¿Cada cuanto lo usas?

– Los sábados, porque tengo que juntar 10 pesos para pagar la hora en el “ciber”.

– ¿Para que usas el internet, Israel?

– Busco las tareas que no encuentro en los libros. Los maestros me la dejan desde el jueves porque el viernes ellos se van de la comunidad y pues nos dejan bastante tarea.

– ¿Sabes que significa facebook?

– No

– ¿Sabes que significa XBOX?

– No

– ¿Sabes que significa Wii?

– No

– ¿Sabes que significa Otelo?

– Es una novela de Shakespeare

– ¿Sabes que significa Hamlet?

– Es otra obra de Shakespeare

Quizá para Israel fue un simple contestar. Pero para mí, fue un ácido reflexionar. Y mi sorpresa fue mayúscula cuando hice la última pregunta:

– Israel, dime.. ¿cómo le haces para leer lo que me dices que has leído? – pregunté ansioso

– Voy a la biblioteca a leerlos. Me gusta leer porque quiero ser médico y mi papá dice que debo de leer para no ser campesino como él. Lo que no me gusta es que tengo que caminar una hora de mi comunidad al pueblo para que me presten el libro en la biblioteca de la presidencia municipal.

El evento estaba por acabar. De inmediato la mesa del presídium se integró. Leyeron la lista. Acudió el “representante personal” de cada funcionario invitado.

No comprendo por qué siguen manejando esa frase cuando todos los representantes son personales, toda vez que en el presídium citan el nombre del funcionario; por tanto, el que acude representa a la persona y no a la institución. Pero bueno, así se estila y se hace una regla.

Después de los discursos de aliento y de reconocimiento para los muchachos, salimos del evento. Todos nos fuimos en paz. Bueno, yo no iba en paz. Las palabras de Israel sonaban en mi mente como cuando rebota una pelota de básquet en un auditorio vacío.

Me dio tristeza reconocer que los chavos de la ciudad no gustan de leer. Vaya, ni la carta en el menú de un restaurante leen. Siempre piden hamburguesa con papas. Leer a Kafka ya es mucho pedir.

No pude dejar de comparar entre los muchachos de la ciudad y lo que Israel me había platicado.

Comparé cultura y no diversiones. Comparé futuros. Comparé anhelos. Comparé hambre por triunfar. Comparé esfuerzos. Me entristecí.

Me acordé de las pláticas sostenidas con mis amigos. Recordé todos los comentarios que hacen sobre lo diestros que son sus hijos jugando el XBOX.

Me acordé de la polémica que existe entre los padres de familia y entre los muchachos citadinos de secundaria sobre si el XBOX o el Wii es el mejor.

Recordé que muchos padres de familia se quedan tranquilos por saber que sus hijos están sentados frente a la computadora por la tarde, metidos en su facebook. “Es la edad de la modernidad y no puedes cerrarte a ello”. Cien veces he escuchado esta frase. Todo para que los padres tengan tiempo y espacio para hacer sus propias cosas.

Y también me acordé que muchos de esos muchachos de secundaria me hacen llegar invitaciones a su facebook y yo los he aceptado como amigos. Y también me acordé de las inmensas faltas de ortografía que en cada uno de esos portales he leído, asombrado.

Y también me acordé que en una ocasión, le obsequié a un sobrino un libro. Me acordé de su rostro. No, corrijo: me acordé de su rictus cuando vio que su regalo era un libro. “Pensé que era un juego de video por la forma de la caja, tío”, atinó a decirme.

Me acordé que hoy ya es rara la casa que posea un librero. Hoy libros solo están en la casa de los abuelos. Ya no hay libreros. La moda minimalista ya no permite libreros en el hogar del matrimonio moderno.

Me acordé que cri-cri era algo que todos los de la primaria de mi época conocíamos. Y lo conocíamos porque nuestros padres nos habían contado ese cuento infantil y muchos más siendo nosotros unos niños. Para los muchachos de secundaria de hoy, cri-cri es el ruido que emite su celular cuando les llega un mensaje.

En fin, fueron tantas cosas que recordé que hasta hoy día sigo reflexionando al respecto. No sé si los de la ciudad están mal o los de la comunidad lo están.

No sé si el padre de familia de la ciudad está haciendo lo correcto para que su hijo sea licenciado o será el campesino aquél quien lo está al inculcar la lectura en su hijo para que éste sea médico.

No sé si el padre de familia de la ciudad está haciendo lo correcto cuando le transfiere la responsabilidad de los hijos a los maestros de la escuela, “Que sean ellos que eduquen a mis hijos, que para eso pago una colegiatura”.

Más allá del tema del XBOX, del Wii o de cualquier otro juego de consola, aquí lo que me preocupa es la cultura que estamos inculcando a los hijos. Ese es el punto central de esta reflexión.

Y con respecto a ese muchacho lector de obras literarias, quizá se quede ahí, en esa comunidad indígena, con la preparación que le da un libro, sentado en la calle más solitaria de su mente. O tal vez Israel logre alcanzar sus sueños.

Todo esto no lo sé de cierto. Tal vez la respuesta nunca llegue. Quizá preguntando con los muchachos de secundaria encuentre alguna respuesta. O probablemente encuentre yo algo al preguntar a los padres de ellos.

¿O será acaso que tendré que recurrir a algún papel empastado, de esos que muchos llaman libros, para encontrar la mejor de las respuestas?

No lo sé. La respuesta está en el aire. O mejor aún, está en la mente de cualquier padre de familia. Pero yo me quedo con la mentalidad del padre de familia del ayer, esos que imponían normas y reglas en casa. ¿Y usted?