PITA AMOR: La mexicana que fue dueña de la tinta americana.

Escrito por Alan Castillo.

“Soy vanidosa, déspota, blasfema;
soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa;
pero conservo aún la tez de rosa.
La lumbre del infierno a mi me quema.
Es de cristal cortado mi sistema.
Soy ególatra, fría, tumultuosa.
Me quiebro como frágil mariposa.
Yo misma he construido mi anatema.
Soy perversa, malvada, vengativa.
Es prestada mi sangre y fugitiva.
Mis pensamientos son muy taciturnos.
Mis sueños de pecado son nocturnos.
Soy histérica, loca, desquiciada;
pero a la eternidad ya sentenciada”.
Letanía de mis defectos/ Pita Amor.

Nacida Guadalupe Amor Schmidtlein, llegó a este mundo el día 30 de este mismo mes, pero de 1918, y se marchó un 08 de mayo, hace 17 años. Descendiente de una familia que pertenecía a la rancia aristocracia mexicana que, para 1940, vivía más de recuerdos que de realidades, ya que para para entonces, todas sus riquezas se habían esfumado, solo les quedaba una enorme casa, la cocinera, la nana, el mozo y, seguramente, buenos modales.
Durante su juventud y debido a su singular belleza, fue musa de grandes pintores, como Diego Rivera, Juan Soriano y Raúl Anguiano, para los que posó desnuda, provocando gran escándalo en la mojigata alta sociedad mexicana de la época. Solía cubrir su cuerpo con elegantes joyas y disfrutaba vestir con mantones y gasas transparentes (sin medias ni ropa interior), las que dejaba caer estratégicamente, sin importarle quien la viera, lo que ya era un presagio de su escritura que, al igual que ella, sería irreverente y poco convencional.
Sobre sí misma solía decir: “Yo de niña fui graciosa, de adolescente llorona, en mi juventud cabrona y en mi verano impetuosa”, en su tan reconocida actitud rebelde quizá pudieron influir factores genéticos, pero también el ambiente en el que creció, de ser una familia acaudalada, durante los años de la revolución les fue expropiado todo cuanto tenían, o casi todo, solo les quedó la residencia familiar en la Ciudad de México. Pita vivió en carne propia la decadencia de su familia, con el tiempo se le hizo normal ver a su madre empeñar las joyas familiares de vez en cuando, pues había que mantener la casa, el servicio y a su marido que no hacia nada, sólo se mantenía encerrado en la biblioteca. Todo ello, quizá, la orilló a convertirse en una excéntrica, rebelde que se pasó por alto todos los convencionalismos sociales.
Una noche, llegando a su casa cansada, tuvo una especie de iluminación, según relata ella misma, y en una bolsa del pan empezó a escribir con su lápiz de ojos, sus primeros versos:

“Casa redonda tenía de redonda soledad: el aire que la invadía era redonda armonía de irrespirable ansiedad…”.

Cultivó amistad con personajes muy reconocidos en el México de los años 50, tales como Frida Kahlo, María Félix, Gabriela Mistral, Salvador Novo, Juan Rulfo, Alfonso Reyes y Elena agarro, entre otros, quienes aplaudieron su trabajo, aunque entre la crítica más purista causaba asombro y cierto desdén que una mujer tan joven pudiera escribir versos tan profundos. Su obra en ese entonces se inspira en la técnica de la décima y el soneto de los clásicos españoles del Siglo de Oro.
Los temas de sus obras eran filosóficos, metafísicos, existenciales, de sus propias angustias e inquietudes; a pesar de que su familia era muy religiosa, ella tenía muchas dudas, las que refleja en “Décimas a Dios”:

“Dios, invención admirable,
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
o ¿quieres que vaya yo?”

Por línea paterna, la poetisa era tía de Elena Poniatowska, quien solía decirle: “No te compares con tu tía de lava. Yo soy la dueña de la tinta americana y tú una pinche periodista”, evocando así los celos que su incursión en el periodismo y la escritura despertaba en ella. Sin embargo, al día siguiente, podía llamarla preocupada por su salud o su felicidad. “Así era mi tía”, recuerda la “Princesa Roja”, quien reconoce como “casi perfectos” los sonetos de su tía.
Al final de los años 50, Pita queda embarazada. Quienes la conocieron, cuentan que la idea de ser madre la ilusionaba, estaba convencida de tener al bebé pero, cuando nace, la realidad la golpea de frente, concluye que no puede hacerse cargo de él y decide dejarlo al cuidado de su hermana mayor. Nunca se desentendió del niño, lo visitaba y lo quería a su modo. Sin embargo, un día ocurrió una tragedia que la marcaría para siempre. Manuelito, como se llamaba su hijo, muere ahogado en una pileta a la edad de un año y meses. Este evento le provocó una gran crisis, no deseaba ver a nadie, su vida personal se volvió silenciosa, de un día para otro se alejó de todo por completo.
Por fin, en los años 70, alguien le organiza un recital en el Ateneo Español y Pita vuelve a la vida, sigue siendo una mujer insolente y extrovertida, pero diferente, algo había cambiado en ella para siempre. Recitó poesía mexicana, de ella misma, de Sor Juana, Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Manuel González Montesinos, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Renato Leduc, Xavier Villaurrutia, Ramón López Velarde, entre otros. El recital tuvo un éxito enorme, a los consolidados admiradores de Pita, se sumaba una nueva generación, sin proponerlo así, se había convertido en una figura vanguardista a la que todos querían conocer.
Pita Amor murió en el año 2000, después de un prolongado silencio que la mantuvo en cama por más de dos años. Pero nunca estuvo sola, siempre fue acompañada por los fantasmas de su vida, aquellos que la perturbaron y que siempre quiso olvidar, aunque nunca lo admitió.
“La dueña de la tinta americana”, como ella misma se llamaba, desafió a las costumbres de su época. Vivió adelantada a su tiempo. Arrogante, bella, frenética, irreverente, amada u odiada, talentosa, audaz, la undécima musa, como la llaman algunos. Hoy, es considerada una precursora de la liberación femenina, aunque a su obra literaria quizá se le siga debiendo el reconocimiento que merece.