Cuando los jóvenes crecen

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Autor: Luis Luna León

Hace apenas unos días, estuve sentado en la oficina de un personaje de la política chiapaneca. No lo conocía, pero sabía de quien se trataba. Sin embargo, quiero confesar que el concepto que tenia de él, se quedó corto cuando lo escuché hablar.

Era una reunión acordada pero improvisada. Ni uno ni otro sabía de lo que hablaríamos, pero si teníamos un punto en común: el gusto de servir al pueblo a través de la política. El, como su oficio cotidiano. Yo, con la visión de que para eso sirve la política.

De viva voz me fue nutriendo con su trayectoria. En dos horas, aprendí de ese líder más de lo que hubiera aprendido en un buen libro de política como lo es El Caballo Rojo de Eugenio Corti.

Con su conversación, pude confirmar que la experiencia no es algo que se compra en la tiendita de la esquina. Es algo que vas adquiriendo con los golpes de la vida. Lo tienes que sufrir. Lo tienes que vivir. Y él la poseía.

Y ahí, en esa oficina, me estaba compartiendo su experiencia. Así, sin más trámite que el tiempo necesario para escucharlo. Y eso es algo que para mí no tiene precio.

Yo desde muy chico tengo una profunda admiración y un enorme respeto por los hombres de la vieja escuela. Siempre he pensado que de ellos hay mucho que aprender.

Que la manera de ver la vida cuando un hombre tiene experiencia es diferente a cuando se es adolescente. Que las dificultades o los problemas son “cualquier cosa” cuando se tiene experiencia. De eso me pude dar cuenta con su plática. Y de eso me gusta aprender.

Sin darse cuenta, me permitió ilustrarme de lo que hace un buen político cuando tiene como objetivo el servir a un pueblo que tiene la esperanza de que alguien lo ayude a salir del atolladero.
De una manera sencilla, pero formal, me compartió fragmentos de su vida profesional. Yo estaba sorprendido. No comprendía como una persona con tanta experiencia, podía estar sentado a la par de un completo extraño, narrándole su formación política. Después entendí que eso caracteriza a un buen político. El sentarse a la par del pueblo.

Todo esto lo saco a colación porque en esa plática tocamos el tema de las elecciones. Ellas siempre traen consigo movilizaciones de los hombres y mujeres que buscan ser elegidos por la sociedad para un cargo político.

Y todos en conjunto acudimos a las urnas a depositar nuestro voto por aquel que nos haya llamado más la atención, que nos haya caído bien o, en el peor de los casos, votar por lástima o compasión por aquel hombre que manifieste que, antes de morir, quiera ser diputado.

Y un sector tan buscado por los políticos es el que representan los jóvenes. Si, en efecto, es un grupo poblacional que es tan ansiado por captar, que el candidato hace todo con tal de que voten su a favor, incluso hasta mentirles.

Mentira tras mentira. Como si fueran gotas de lluvia, así los candidatos dejan caer las mentiras en los jóvenes.

Ya olvidé el número de mítines, eventos, paneles y mesas redondas en las que participé siendo un adolescente de 18 años. Con los demás jóvenes de mi generación, vimos pasar a muchos políticos frente a nuestros ojos. Incluso, los saludé de mano. La emoción nos embargaba siempre.

Lo lamentable de esto es que nosotros los vimos, pero ellos, los candidatos, ni nos recuerdan. Tan no nos recuerdan que jamás volvieron a acercarse a nosotros. Después de obtener nuestro voto y de llevarlos al triunfo, “los jóvenes” quedamos en el olvido.

Bueno si, si volvieron a acercarse con nosotros. Cuando las elecciones regresaban, ellos también. Ahí estaban, nuevamente tocando a la puerta de nuestra confianza. Esa puerta que cuando se es joven se le abre a cualquiera que nos saluda y nos da una palmadita en la espalda.

Pero los políticos se olvidan que los jóvenes crecen. Y con ellos, también crece la experiencia y la desconfianza. Los de mi generación ya no somos aquellos imberbes que se emocionan al escuchar decir al candidato que los jóvenes son “el presente y el futuro de México”. Que risa.

Hoy los jóvenes ya hemos cambiado. Nos hemos preparado. Estamos adquiriendo nuevos conocimientos, estamos cambiando paradigmas. Nos renovamos día con día. Académica, profesional, intelectual y analíticamente estamos cambiando.

Y hoy, con profunda tristeza puedo ver que los que no cambian son los políticos. El discurso no ha cambiado en ellos. Y no los culpo, es una fórmula que les ha funcionado y quizá por ello no quieren desecharla.

Y sin ser candidato ni político, tengo una obligación moral con los jóvenes. Con esos jóvenes de 18 años que como yo en mis ayeres, están siendo convocados por los candidatos. Con esos jóvenes que, una vez más, los están llamando “el presente y el futuro de México”.

Con esos jóvenes que les dan palmaditas en la espalda. Que cuando acuden a un evento político se sienten grandes por el hecho de que el candidato les saludo de mano o les guiñó el ojo. Con esos jóvenes que los mandan a colgar pendones o gallardetes a media noche. Con esos jóvenes que hacen vallas para que pase “monsieur candidaté”.

Con ellos esta mi obligación moral y aquí sigo cumpliéndola.

A ellos quiero decirles que la política es la más pura de las esencias para servir a un pueblo. Que la política es el camino para el desarrollo y el bienestar de una sociedad. Que gracias a ella se ha construido nuestra realidad. Que la política sirve para llegar a acuerdos, para lograr la unidad, para negociar en beneficio de una colectividad. A ellos quiero decirles que para eso, y solo para eso, sirve la política.

Por ello, quiero pedirles que no se dejen engañar por el canto de las sirenas. Que pasarán ante sus ojos muchos candidatos. Que serán invitados a muchos mítines, a muchas mesas redondas, a muchos paneles, a muchas reuniones. Y a todas ellas hay que acudir. Con la pasión de todo ciudadano.

Pero hay que hacerlo para también exigirle al candidato preparación, compromiso, pero sobre todo congruencia.

Porque no es posible que hoy un candidato se reúna con los jóvenes y después presuma ante los medios de comunicación que… ”como candidato vengo a escuchar a los jóvenes, a entenderlos y aprender de ellos para que juntos podamos enfrentar los desafíos futuros, al ser los jóvenes un pilar fundamental en la vida nacional, estatal y regional”.

¡Por favor!

Y digo que no es posible, cuando ese candidato a diputado federal ya ha sido diputado federal, diputado local y hasta senador y nunca, absolutamente nunca, hizo algo en beneficio de los jóvenes. Ni una iniciativa de ley, ni un punto de acuerdo, ni un posicionamiento, ni una gestión y mucho menos una visita a la comunidad para saber lo que los jóvenes necesitan.

Hoy los jóvenes tienen en sus manos no solo el voto. Hoy tienen la oportunidad para jugar el papel más importante de sus vidas y esto es el asumir el liderazgo que cada uno de ellos posee por el simple hecho de ser jóvenes.

Que vengan pues los candidatos comprometidos. Los candidatos que emanan de la sociedad y no de la clase política. Los candidatos congruentes. Esos son los que queremos. Como sociedad nos lo merecemos.

¿O no?